Imagínate que la vida real trajera consigo un censurador, sí, ese sonidito que a veces escuchamos en la televisión cuando se dice alguna obscenidad o algo que no está permitido… te has puesto a pensar, ¿cuántas veces sonaría el «piiii» en tus conversaciones cotidianas? Medita esto por unos segundos y continúa leyendo…

En la actualidad es tan común escuchar o incluso hablar de esta manera, y no, eso no te hace ni peor, ni mejor persona. Pero si nos indica algo ¿a quién pertenecemos? Si retrocedemos en el tiempo y vamos a la Biblia, específicamente a los evangelios nos vamos a dar cuenta que a los discípulos de Jesús en muchas ocasiones se les relacionaba con Él por el simple hecho de cómo hablaban y cómo actuaban los “seguidores de Cristo”, he ahí el por qué el término “Cristianos”.

En Mateo 14:70 encontramos una referencia de Pedro: “… De seguro que tú eres de ellos, pues de cierto eres galileo, y tu manera de hablar es semejante” ¿Semejante a quién? Por supuesto, semejante a los seguidores de Jesucristo. A Pedro lo habían visto muchas veces con Jesús pero una cosa es “andar” y otra cosa es “actuar” como tal, y Pedro hablaba y actuaba como uno de ellos.

Volviendo al tema de las situaciones cotidianas, en el grupito nunca falta el amigo que de 100 palabras que dice solo como diez son «buenas». Y no, que hable así no significa que inmediatamente lo vas a expulsar de tu círculo de amigos, pero debes ser lo suficientemente sabio para no dejar contaminar tu corazón y tu boca, y de paso ser la diferencia. Lucas 6:45 dice “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de lo que le rebosa del corazón habla su boca”. ¿Qué estás hablando? ¿Qué hay en tu corazón? ¿Habrá maldad? ¿Habrá chisme? o todo lo contrario, ¿Hay palabras de bendición?

En Guatemala, como en todos los países, tenemos modismos; esas palabras que nos identifican. Y no, tampoco son “malas” media vez no sobrepase la línea del respeto. Si tus palabras no edifican, no las digas. Si tus palabras hieren, no las digas porque con tus palabras puedes construir o destruir.

Nuestro mayor ejemplo es Jesús, y en Lucas 4:22 lo podemos confirmar: “Todos hablaban bien de Él, y maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, decían “¿No es este el hijo de José?”

  1. ¿Qué están hablando de nosotros? ¿Serán que hablan bien? ¿Estaremos dando buen testimonio?
  2. ¿Qué palabras salen de nuestra boca? ¿Dejará a más de alguno maravillado por lo bien que nos expresamos?
  3. ¿Estaremos honrando a nuestros padres con nuestras acciones?

Lo último que dice es “¿No es este el hijo de José?”, a Jesús lo conocían, sabían hijo de quién era y con mayor razón la gente estaba de alguna manera pendiente de lo que Él hacía y cómo se comportaba. Honremos a nuestros padres, al punto que ellos se sientan satisfechos de la formación que nos han dado. Y si tú eres ese “amigo” que de 100 palabras que dice solo diez son “buenas”, aún es tiempo de rectificar y comenzar de cero. ¿Es difícil? Probablemente sí, pero la recompensa será en grande.

 


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